domingo, 12 de noviembre de 2017

El primer día del resto de nuestra vida

Digamos que hace tan sólo unos días que dejé la actividad en la empresa a la que he dedicado más de cuarenta años… La despedida fue muy emotiva y las sensaciones se amontonaron en mi interior, aliñadas en abundancia con un sentimiento agridulce… Dicen que uno empieza a morir desde el momento en el que se nace y que la vida está jalonada de pequeños decesos hasta llegar a la muerte definitiva… Pues bien, con este cambio tuve un nuevo fallecimiento parcial que añadir a la lista y no precisamente pequeño…



El caso es que siempre, después de un acontecimiento o de una experiencia traumática, llega el día siguiente en el que afrontamos la continuidad de nuestras vidas… Lo normal es que, cuando llega ese momento, sea una experiencia positiva marcada por la esperanza y una placentera sensación de tranquilidad… La situación demanda instantes de intimidad en los que la reflexión y la puesta al día de nuestra existencia, se combinan con fugaces planes de futuro que, en ocasiones, no van más allá de la realización de pequeñas cosas que, posiblemente, habíamos dejado olvidadas, pero que en esos momentos recuperan su gran importancia para nosotros…

Llevado al extremo, evidentemente no puede haber experiencia más traumática que el haber estado a punto de perder la vida y haberla salvado en el último instante… El estar entregado al fatal desenlace de precipitarse al vacío desde una pequeña cornisa en las alturas de una montaña y ser sujetado, y puesto a salvo, justo antes de caer… El perderse sin remedio en el interior de una fuerte ventisca de nieve y ser encontrado cuando el cansancio y el frío impiden dar un paso más… El comprobar que el paracaídas no funciona y al final conseguimos abrir el de emergencia cuando el suelo se acercaba alarmantemente hacia nosotros… O también cuando, por ejemplo, sufrimos un infarto y nuestro cerebro comienza a funcionar a toda velocidad, haciendo que parezca que todo transcurre a nuestro alrededor a cámara lenta

Es al salir de este tipo de situaciones cuando tomamos conciencia de nuestra fragilidad y aprendemos a distinguir lo verdaderamente importante de lo que no lo es tanto… Comenzamos a priorizar y valoramos la compañía, viviendo cada momento como algo único que jamás se volverá a repetir… Tal vez debido a la alta liberación de adrenalina y el lógico agotamiento tras sufrir una experiencia cercana a la muerte, en las horas posteriores nos invadirá una extraordinaria sensación de tranquilidad, que nos pondrá en paz con el Universo y, especialmente, con nosotros mismos, haciéndonos replantear nuestra vida y el sentido de quienes somos, y lo que hacemos…

Siempre funciona de la misma manera y podemos estar seguros de que, si alguna vez superamos una situación límite, la experiencia nos hará mejores y disfrutaremos más de las pequeñas cosas… Aunque las nubes nos impidan ver las estrellas, nunca volveremos a contemplar un cielo tan espectacular como el de esa primera noche… Y jamás volveremos a saborear con tanto deleite una primera cerveza, aunque esté caliente… En todo este tipo de experiencias siempre morimos un poco, pero también son puntos de inflexión en los que volvemos a reinventarnos y, en cierta forma, con las luces del amanecer, reaparecemos renacidos y dispuestos para afrontar el primer día del resto de nuestra vida


Ángel Alonso  

2 comentarios:

  1. Pues a comerse el resto de la vida!!!!!

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  2. Si, cada día, no lo afrontasemos con esa actitud, como el primero del resto, como el punto de inflexión, como un nuevo comienzo, como una nueva oportunidad, o como una nueva meta, es que hemos dejado de estar vivos.
    El resto de nuestra vida pasada, se llama experiencia.

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