jueves, 21 de mayo de 2026

La ira de los dioses

Ya lo decían los antiguos romanos hace ya algunos siglos. Cuando un general o el propio emperador regresaba triunfante tras una exitosa campaña militar, era costumbre que se organizase un desfile triunfal para su entrada en Roma.

El principal homenajeado devolvía los saludos al pueblo desde un carro semicircular tirado por cuatro briosos caballos, mientras el gentío gritaba enfervorecido lanzando loas en favor del triunfador, triumphator, que regresaba a casa tras añadir territorio y fortuna a las arcas del imperio.

Recorrer las principales vías de la ciudad siendo aclamado por la multitud que se agolpaba al borde de la calzada para honrarle, debía de ser tan impresionante para el homenajeado que, no sería extraño pensar, le produciría tal subidón de autoestima que podría llegar a creerse el rey del mundo o, quizás, una divinidad o algo así.

Fue por eso por lo que, para intentar que el general triunfador mantuviese en lo posible su contacto con la realidad, surgió la figura de un esclavo que le acompañaba en el carro, inmediatamente detrás de él, y que sosteniendo los laureles de la victoria sobre la cabeza del triumphator le recordaba constantemente la fórmula: Respice post te, hominem te, ese memento… Lo que viene a significar algo así como: Mira atrás y recuerda que sólo eres un hombre… La función del esclavo era evitar que, en la apoteosis del homenaje, el general pudiese a llegar a creerse una deidad, pudiendo despertar así la ira de los dioses.

Nada es para siempre… Pasan los días, se suceden las estaciones… Cambian las personas… Se altera la estabilidad en los países… Se alternan los ciclos… Caen los imperios… Nacen otros nuevos…

Aunque, a veces, tengamos la percepción de que no hay cambios y que todo sigue igual, lo cierto es que, tanto nosotros mismos, como todo lo que nos rodea, siempre está en continua transformación… Nada está sujeto a la inamovilidad, ni prolongado eternamente… Todo tiene un principio y un fin, y, mientras tanto, todo evoluciona y se transforma.  

Los cambios pueden ser drásticos y repentinos, o, por lo contrario, lentos e imperceptibles… En un instante un meteorito acabó con la era de los dinosaurios, mientras que las placas continentales continúan separándose en un proceso que comenzó hace aproximadamente 200 millones de años, en el inicio de la fragmentación de Pangea, el último gran supercontinente que agrupaba casi todas las tierras emergidas del planeta.

Si lo trasladamos al panorama geopolítico, tan solo en un año estamos viendo como agoniza el antiguo y está surgiendo un nuevo orden mundial. Si retrocediéramos algo menos de diez años, a nadie se le hubiera ocurrido que, años después, la guerra volvería a Europa… y si el verano pasado hubiéramos hecho algún pronóstico sobre la situación en Venezuela, pocos hubiesen adivinado que, meses después, su presidente bailarín dormiría en una cárcel estadounidense. Esto por no hablar de la crisis de Oriente Medio, la situación en Cuba o los distintos escenarios y actores que protagonizan la actualidad. 

Y en cuanto al sainete patrio, pues eso, todo indica que alguien ha podido despertar la ira de los dioses.                                                                                                                                                                                                                        Ángel Alonso

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