Hay veces en las que me gustaría hablar de muchas cosas, pero, al mismo tiempo, no termino de tener claro sobre qué hacerlo… Antes solía hablar de casi todo y siempre era capaz de extraer un tono optimista a cualquier asunto, por muy agrio que fuese el tema… En realidad, quiero pensar que no me ocurre nada, sino que, al igual que les sucede a muchos, en muchos sitios, el problema sea que ahora todo me parezca un poco frívolo y mi cabeza se haya llenado con cosas mucho menos agradables… Vaya por delante mi confesión de que vivo preocupado por muchas cosas.
Hay una película, digamos experimental, de 1983, en la que se cuentan cuatro historias diferentes, dirigidas por cuatro directores distintos y cuyo género discurre por lo fantástico, la ciencia ficción, el terror y el thriller. Una obra irregular y sorprendente que, al poco, se convirtió en película de culto y que en España se conoce por el título de “En los límites de la realidad”.
El nombre me ha venido a la cabeza porque encaja como un guante para aplicárselo a la actual situación geopolítica, y el escenario, tanto nacional, como internacional… Como en la película, cada día vivimos distintos episodios, que también transitan por los géneros fantástico, ciencia ficción, terror y thriller, unas veces más o menos distinguibles y otras muchas, todos mezclados… De lo que, tenemos la sensación de que ya hemos superado la etapa del nudo y que estamos entrando de lleno en el desenlace, donde, al igual que en la película, puede ocurrir de todo y el final está abierto a que la cosa acabe bien, mal, regular, peor o en desastre.
Por regla general, los desenlaces suelen ser sorprendentes, rápidos y traumáticos, a los que suele incorporarse una catarsis… Harina de otro costal son los epílogos… Es difícil para un ególatra darse cuenta y reconocer su propia decadencia. Antes irá dando bandazos de un sitio a otro o anunciando cosas y desmintiéndolas al momento, antes que aceptar que es un moribundo… Para alguien pagado de sí mismo y adulado continuamente sin rubor por aquellos que le rodean, debe resultar tremendamente complicado admitir su propio desgaste.
Lo peor viene cuando el fatuo en horas bajas, atisba o alguien le advierte de su declive y recurre a ocurrentes ardides para frenar su ocaso buscando un nuevo amanecer. Siempre pensará que aún hay tiempo por delante y todo puede pasar, pero la realidad suele ser tozuda y conviene no olvidar que los tratamientos médicos pueden sanar a los enfermos, pero nunca resucitar a los muertos.
Al igual que en la película “El sexto sentido”, el finado será el último en darse cuenta de que ya no está en este mundo y, del mismo modo, el ególatra continuará resistiéndose a su propio ensombrecimiento y se agarrará desesperadamente a todo lo que se le ponga por delante, sacrificando y arrastrando con él lo que haga falta. El precio nunca importa, solo importa él y el fin es mantenerse como sea… Aunque solo sea un poco más.
Afortunadamente, nada es para siempre y, de momento, podríamos agarrarnos a eso y no perder la esperanza. La historia demuestra que los Estados y el mundo, en general, acaban protegiéndose a sí mismos de las amenazas internas y externas, que intentan desgastarlos o destruirlos. Nada es para siempre y menos para los que actúan irresponsablemente pendientes, únicamente, de proteger sus propios intereses haciendo de su capa un sayo, ignorando el bien común.
El panorama es tan insoportable como el asistir al espectáculo de los malos magos, con escaso repertorio que, de tanto utilizarlo, hace tiempo que se les vio el truco y, en lugar de retirarse, prefieren llevar su patético espectáculo hasta el final, aunque solo sea por seguir viviendo su propia ilusión… a ser posible, cobrando. Ángel Alonso

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