El Lejano Oeste es el concepto histórico y cultural con el que se conoce a los territorios de los actuales Estados Unidos que se extendían desde la vertiente occidental de la Cordillera de los Apalaches, hasta la costa del Pacífico.
En gran parte, por la escenificación que ido realizando la industria cinematográfica de Hollywood a lo largo de más de cien años, la percepción de su época dorada y de mayor arraigo se sitúa en la segunda mitad del siglo XIX, específicamente entre 1865, con el final de la Guerra Civil, y 1890, cuando el gobierno cerró oficialmente la frontera estadounidense.
En contra de lo que nos hacen creer, lo cierto es que, hasta mediados del siglo XIX, época del reclamo migratorio de la Fiebre del Oro, el verdadero Lejano Oeste hablaba español porque, desde el siglo XVI, hasta principios del XIX, y durante trescientos años, aproximadamente dos tercios del actual territorio de los Estados Unidos, estaban integrados en el Virreinato de la Nueva España… Desde la península de Florida, por el sur y hasta la costa del Pacífico, y siguiendo un imaginario meridiano, de sur a norte, hasta la región de los Grandes Lagos… y, por ahí, prácticamente siguiendo la actual frontera canadiense hacia occidente y toda la línea de costa hacia el norte, incluyendo los territorios de Alaska, todos sus habitantes eran considerados súbditos de la Corona Española.
Los exploradores y soldados españoles ya cabalgaban por el Lejano Oeste desde el siglo XVI, mientras que los anglosajones y el resto de europeos no comenzaron a internarse por allí hasta tres centurias después… Prueba de ello son los actuales 58 millones de hispanohablantes y el legado del amplísimo repertorio de nombres españoles de ciudades, mares, ríos, montañas, valles y todo tipo de accidentes geográficos, que se distribuyen por todo el territorio de los Estados Unidos, desde Alaska hasta México y desde la costa del Océano Pacífico, a los Apalaches…
Los dragones de cuera fueron los verdaderos pioneros del Lejano Oeste y son los grandes olvidados de la historia. Cuerpo de caballería ligera de élite del Imperio español, mitad exploradores, mitad guerreros y para los que, habitualmente, su hogar eran las estrellas, durante casi trescientos años encarnaron la única autoridad real en regiones sumamente aisladas, asumiendo la defensa frente a incursiones, conteniendo la expansión de potencias extrajeras por el territorio, en el que, además, proporcionaban protección y salvaguarda a las misiones religiosas, ranchos de colonos y pueblos nativos aliados… También escoltando y custodiando caravanas y viajeros a lo largo de la red de extensos Caminos Reales.
Y, además de todo ello, desarrollaron una descomunal labor de exploración y cartografía, trazando mapas de territorios inexplorados y actuando como intérpretes o mediadores de paz con las tribus.
Eran muy pocos, lo que quiere decir que, para poder realizar con eficacia su extraordinaria labor en un territorio tan inmenso y durante tanto tiempo, debieron de ser hombres adornados por el valor, honor y el respeto que practicaban en el cumplimiento de su misión. La consecuencia fue que, hacia el tramo final del siglo XVIII, España estaba en paz con todas las tribus nativas con las que tenía contacto, incluidas las más belicosas, como apaches y comanches, compartiendo con todas ellas idioma, iglesias, escuelas, cuidados sanitarios, cultura y costumbres, industria, agricultura y ganadería… Avances en la civilización que se revertirían tras la independencia de México en 1821 y el final de la presencia de España de aquellos territorios.
Cincuenta años después, el Lejano Oeste real era una mezcla de dura supervivencia, diversidad cultural y rápido avance industrial, muy diferente del mito violento creado por el cine. La mayor causa de muerte no eran los tiroteos, ni el ataque de indios o bandidos, sino que lo eran las enfermedades y la extrema dureza de las condiciones climáticas.
Allí continúan los descendientes de los colonos españoles y toda la cultura icónica de los vaqueros, los caballos, los rodeos y las grandes rutas del Lejano Oeste… Allí plantamos una semilla, que germinó y creció, y que de su fruto solo podemos sentir un gran orgullo. Ángel Alonso

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