Otto von Bismarck, el que fuera el canciller artífice de la unificación alemana y una de las figuras más destacadas en las relaciones internacionales durante la segunda mitad del siglo XIX, dijo en una ocasión: “la política es el arte de lo posible”, es decir, consiste en dejar fuera las emociones y las ideologías corrosivas, huir de las fantasías y ajustarse a la realidad…
Un buen gobernante debe transmitir sosiego, confianza y gestión, centrarse en solucionar en lo posible los problemas de los ciudadanos, mirar por el bien común, mejorar la vida de la gente y situar a su nación en el mejor lugar posible en el concierto internacional.
En un momento como el actual, de gran inestabilidad internacional y en el que se están asentando los nuevos equilibrios globales de poder, conviene poner especial atención para evitar que, debido a desafortunadas decisiones, la Comunidad Internacional acabe situando, al país despistado, en el lado equivocado, es decir, en el grupo de los países menos recomendables y más repudiados del mundo.
Puede parecer de Perogrullo, pero los devaneos en política exterior y la falta de liderazgo en la interior, siempre son penalizados y, a menudo, se pagan a un precio muy alto… Las Relaciones Internacionales se cultivan durante décadas, se entrecruzan intereses, se establecen canales de colaboración y, en definitiva, se afianza la confianza entre los países. El paso siguiente en las relaciones son los convenios bilaterales y la consideración mutua de países aliados… lo que se traduce en ventajas, supresión de barreras e intercambio de información…
Pero lo que cuesta muchos años y una sucesión de gobiernos siguiendo unas directrices y unos objetivos muy definidos, se puede ir al traste en cuestión de meses o incluso de días, cuando por un cúmulo de malas decisiones, se dilapida la confianza generada con el tiempo y con mucho esfuerzo y, en un momento aciago, se pasa a ser un país que ya no es de fiar…
Como es de suponer, esa falta de confianza se puede contagiar rápidamente al resto de países del entorno y, en un instante dado, la nación que descuida su imagen se queda sola, como se suele decir, pasando mucho frío y, por debilitada, expuesta a las agresiones de otros países, que pescan en río revuelto y que buscan desestabilizar para favorecer sus oscuros intereses.
El alinearse con amistades poco recomendables en el concierto internacional, rebaja la confianza y levanta suspicacias en los que, se supone, son los aliados tradicionales… Y quizás tampoco ayudan mucho las malas gestiones o la administración arbitraria con ausencia de transparencia…
La imagen de un país acaba siendo gravemente dañada cuando se introducen el populismo y la ideología barata en la política exterior, para tratar de tapar los errores propios utilizando hasta el vómito los espantajos del pasado y buscando la división, y la continua movilización de los más cafeteros como único mérito para mantenerse en el poder.
Como es evidente, no se puede sorber y soplar al mismo tiempo, del mismo modo que no se puede engañar todo el rato a todo el mundo… Al final la realidad también acaba atrapando a los más esquivos y, sin paños calientes, la Comunidad Internacional acaba poniendo a cada país en su sitio… En ese momento alguien apaga la música y enciende la luz… La fiesta ha terminado y llega el momento de limpiar, ordenar y, si no hay un generoso que invite, entre todos, toca rascarse el bolsillo y pagar el sarao… y esto último duele especialmente cuando, los que han disfrutado, han sido tan solo unos pocos. Ángel Alonso

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