jueves, 1 de octubre de 2026

Volver a vivir con serenidad

La salud mental de los españoles atraviesa un punto de inflexión histórico… Las secuelas de la fatiga colectiva que comenzó con el confinamiento por la COVID-19, no sólo siguen ahí, sino que ya se han cronificado bajo la presión sociopolítica actual.

Lo que nació como una crisis sanitaria temporal ha derivado en una metamorfosis silenciosa de nuestra percepción social. La incertidumbre ya no es un estado transitorio, sino el paisaje habitual en el que millones de ciudadanos intentan trazar sus proyectos de vida.

Aquel confinamiento de 2020 actuó como un reactivo químico que desnudó las carencias del sistema de bienestar y alteró los mecanismos psicológicos de adaptación. La reclusión, el miedo y las pérdidas inocularon un trauma cuya onda expansiva sigue presente. 

Lejos de asistir a una recuperación emocional tras la apertura, la sociedad se ha visto empujada de manera consecutiva a un entorno marcado por la polarización política, la inestabilidad global y la asfixia económica de la inflación.

La percepción de la realidad se ha vuelto marcadamente defensiva. El bombardeo constante de noticias trágicas en medios y redes genera lo que los expertos llaman fatiga por compasión y desesperanza aprendida… Existe una creciente desconfianza hacia las instituciones y un desamparo ante decisiones políticas percibidas como ajenas a las necesidades cotidianas, lo que fragmenta la cohesión social y debilita el sentido de comunidad.

En el plano clínico, la ansiedad, la depresión y los trastornos del sueño han pasado de ser patologías periféricas al núcleo de la atención primaria. Se observa un incremento alarmante en el consumo de psicofármacos, sin duda, un parche de urgencia ante la falta crónica de psicólogos en la sanidad pública. La juventud y los ancianos muestran la mayor vulnerabilidad, manifestando desde el aislamiento extremo hasta repuntes en trastornos de la conducta alimentaria.

Este escenario ha transformado las dinámicas laborales y sociales. El teletrabajo y la digitalización forzada difuminaron las fronteras entre la vida profesional y la privada, intensificando el “síndrome del desgaste profesional”, que es el trastorno emocional provocado por un estrés laboral crónico que no se ha gestionado con éxito.

Las interacciones cara a cara, fundamentales en nuestra cultura mediterránea, se han vuelto más selectivas y, a menudo, están teñidas de una prudencia o suspicacia antes inexistentes. Paralelamente, la incapacidad de los jóvenes para proyectar su futuro —como acceder a una vivienda— genera una parálisis existencial que erosiona la autoestima colectiva.

A pesar de todo, esta crisis ha propiciado un avance cultural imprescindible: la desestigmatización de la salud mental. Admitir la vulnerabilidad ha dejado de ser un tabú en España. La ciudadanía exige ahora que el cuidado de la mente reciba el mismo presupuesto y dignidad que la salud física.

El desafío no radica solo en ampliar las plantillas médicas, sino en sanar el tejido social. La salud psicológica no mejorará sin mitigar la precariedad material y la crispación política…

La verdadera resiliencia no es resignación; se conquista cuando una sociedad mira de frente sus heridas y exige cambios para que vivir con serenidad vuelva a ser la norma y no un privilegio.

Ángel Alonso

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