Vivimos tiempos inquietantes. Tiempos en los que resulta difícil mirar hacia el futuro sin sentir una cierta preocupación. Tiempos en los que muchas de las certezas que creíamos consolidadas comienzan a tambalearse.
El mundo parece haber entrado en una peligrosa deriva. Las guerras, las tensiones internacionales, los extremismos, la polarización política y las crecientes desigualdades dibujan un horizonte cargado de incertidumbre.
Y lo verdaderamente preocupante es que, mientras avanzamos de manera extraordinaria en ciencia y tecnología, parece que retrocedemos en algunos de los valores esenciales que deberían definir nuestra convivencia… El respeto, la tolerancia, la honestidad, la libertad…
Estamos permitiendo que el enfrentamiento sustituya al diálogo. Que el insulto desplace al argumento. Y que la mentira, repetida hasta la saciedad, termine confundiendo a quienes deberían tener derecho a conocer la verdad.
Resulta desolador comprobar cómo determinados comportamientos, que creíamos superados por la historia, vuelven a encontrar espacio en nuestras sociedades. El autoritarismo, la intolerancia y el desprecio hacia quien piensa diferente nunca han sido buenos compañeros de viaje. Y conviene recordar que la libertad y la democracia no son conquistas irreversibles. Hay que defenderlas. Cuidarlas. Y ejercerlas cada día.
Para ello necesitamos una Justicia independiente, instituciones sólidas, un periodismo libre y una ciudadanía informada, crítica y comprometida… Pero también necesitamos algo más. Necesitamos recuperar el sentido de la responsabilidad colectiva.
Porque no podemos exigir honestidad si aceptamos la mentira. No podemos reclamar respeto mientras practicamos la intolerancia. Ni podemos esperar que otros construyan el futuro que nosotros mismos no estamos dispuestos a defender.
Es el momento de recuperar el valor de la palabra, del conocimiento y del esfuerzo… De apostar decididamente por la educación, la cultura, la investigación y la ciencia… De entender que nuestras diferencias no deberían separarnos, sino enriquecernos… Y de recordar que ninguna sociedad puede prosperar cuando sus ciudadanos dejan de reconocerse como parte de un proyecto común.
Afortunadamente, todavía estamos a tiempo… La humanidad ha superado desafíos extraordinarios. Y hoy disponemos de más conocimientos y herramientas que nunca para afrontar los que tenemos por delante. Lo que necesitamos es voluntad. Responsabilidad. Generosidad. Y una mirada que vaya más allá de nuestros intereses inmediatos.
El futuro no está escrito… y no se espera, se construye… Y se construye con libertad, con inteligencia, con solidaridad y con esperanza… Y dependerá, en buena medida, de las decisiones que tomemos hoy, de los valores que transmitamos y de nuestra voluntad de anteponer el bien común a los intereses particulares. Ángel Alonso

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