Incluso por encima del Día de la Fiesta Nacional de España, el 12 de octubre es el Día de la Hispanidad… Una fecha que trasciende el simple festivo en el calendario y que es más que un recordatorio anual del descubrimiento de América.
Hasta no hace tantos años el Día de la Hispanidad era festejado en gran parte del mundo pero que, reconozcámoslo, de un tiempo a esta parte es una fecha instalada en el calendario internacional en la que hacer y decir chorradas.
Por encima de todo y le pese a quien le pese, la Hispanidad es un puente histórico y emocional que une a más de quinientos millones de personas en todo el planeta a través de una lengua y una cultura compartidas. Evidentemente la celebración de este año no llega precisamente en un momento de calma, sino en mitad de una tormenta que nos sabemos si tiende a apaciguarse o a incrementarse…
Auspiciada y manipulada por oscuros intereses y extendida por las redes sociales, el mundo está invadido por una oleada de intolerancia que ha encontrado en nuestro legado histórico una causa propicia para descargar su frustración y odio… Todo está interconectado y la actual irrelevancia de España en el concierto mundial pasa factura. Hemos perdido peso internacional y eso se nota.
Si observamos el actual panorama, el mundo se asemeja a un tablero de ajedrez sumamente inestable. La fragmentación geopolítica es una realidad consolidada. Vivimos en un entorno global marcado por tensiones crónicas que desafían el orden multilateral, en el que ninguna nación es una isla, y, precisamente, España se encuentra en el centro de la encrucijada europea, africana y atlántica.
El verdadero problema surge cuando esa inestabilidad exterior se refleja dentro de nuestras propias fronteras. Es innegable que asistimos a una creciente radicalización en España. El debate público se ha roto. Ya no se busca el entendimiento, sino la aniquilación dialéctica del contrario. La polarización ha dado paso a una crispación identitaria donde el matiz ha muerto y los extremos imponen su relato.
Sistemáticamente se destruyen los puentes del consenso que tanto costó levantar, sustituyéndolos por muros de desconfianza. Parece que celebrar lo que nos une se ha convertido en un acto de audacia, mientras que airear lo que nos separa es la norma.
En lo que se refiere a la idea de la Hispanidad, en los últimos tiempos estamos asistiendo al recrudecimiento de un proceso de cuestionamiento y aniquilación, a menudo perverso y cargado de maldad, al que, en demasiadas ocasiones hemos ido respondiendo con un buenismo y una ignorancia instalados durante los últimos años en nuestra sociedad que han dejado al descubierto un retroceso intelectual y la decadencia moral de una sociedad cobarde, incapaz de poner en valor y de honrar con orgullo la herencia histórica transmitida por nuestros antepasados, convirtiendo en muy poco significativa la celebración de una efeméride tan señalada, como lo es el Día de la Hispanidad.
Pero no es tiempo de instalarnos en el pesimismo crónico. España es una nación vieja en historia, pero joven y vigorosa en su capacidad de resistencia. Hemos superado desafíos mucho más oscuros que los actuales. La riqueza de nuestra diversidad y los lazos indisolubles de la Hispanidad nos recuerdan que nuestro potencial es infinito cuando decidimos remar en la misma dirección.
Quizás ya va siendo hora de apagar el ruido de los extremos y encender la luz de la razón… Frente a la radicalización, opongamos la firmeza de nuestros valores democráticos, teniendo por seguro que ningún objetivo es inalcanzable si mantenemos la unidad, la dignidad y la esperanza.
¡Feliz Día de la Fiesta Nacional y feliz Día de la Hispanidad!
Ángel Alonso

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