jueves, 29 de octubre de 2026

Cuando el dolor exige humanidad y responsabilidad

Hay tragedias que detienen el tiempo. Que parten la vida en dos. Un antes y un después que jamás volverán a encontrarse. Porque hay dolores que no se superan. Simplemente, aprendemos a convivir con ellos.

Una catástrofe ferroviaria como la de Urda nos enfrenta a una de las experiencias más terribles que puede vivir un ser humano: perder, de manera repentina y brutal, a alguien a quien ama.

Detrás de cada víctima hay una historia interrumpida. Una familia destrozada. Un abrazo que ya nunca llegará. Una conversación pendiente. Una silla vacía alrededor de la mesa. Y, sobre todo, una pregunta que puede acompañar durante toda la vida: ¿por qué?

Resulta imposible imaginar el sufrimiento de unos padres que pierden a un hijo, de unos niños que esperan inútilmente el regreso de su madre, o de quien descubre que la persona con la que había imaginado compartir el futuro ya no volverá… Ante semejante desgarro, las palabras apenas sirven. Pero los gestos importan. Y mucho.

Porque una sociedad demuestra su verdadera grandeza no cuando celebra sus éxitos, sino cuando acompaña a quienes sufren. Cuando ofrece ayuda sin esperar reconocimiento. Cuando convierte la solidaridad en compromiso y entiende que el dolor ajeno también nos concierne… Y ahí es donde debemos preguntarnos qué clase de sociedad queremos ser, pero también qué clase de dirigentes estamos dispuestos a tolerar.

Porque cuando ocurre una tragedia de estas dimensiones, la responsabilidad política no puede limitarse a expresar condolencias, guardar minutos de silencio o visitar escenarios rodeados de cámaras. Gobernar significa asumir responsabilidades. Dar explicaciones. Investigar con transparencia. Reconocer errores cuando existan. Y adoptar decisiones, por difíciles que resulten, para impedir que el horror vuelva a repetirse.

Sin embargo, demasiadas veces contemplamos el espectáculo desolador de responsables públicos más preocupados por conservar sus cargos, proteger sus intereses o trasladar las culpas que por responder ante quienes han depositado su confianza en ellos… Y esa actitud provoca algo más profundo que indignación. Provoca una ruptura moral entre gobernantes y gobernados. Alimenta el desencanto, destruye la confianza y hace que muchos ciudadanos se sientan abandonados precisamente cuando más necesitan a sus instituciones.

Ningún cargo público debería valer más que la dignidad de las víctimas. Ninguna estrategia política debería imponerse al derecho de las familias a conocer la verdad… La responsabilidad no consiste en encontrar rápidamente un culpable, sino en no esconderse cuando llega el momento de responder.

Y mientras la justicia establece los hechos y determina las responsabilidades, a todos nosotros nos corresponde algo esencial: acompañar, respetar y no olvidar… Porque los muertos no son cifras. Son vidas. Son nombres. Son sueños… Y una sociedad que pierde la capacidad de conmoverse ante el sufrimiento ajeno empieza, inevitablemente, a perder su propia humanidad.

Ángel Alonso

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