Como ya todos ustedes conocen, un doblete sísmico devastador, con dos potentes terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 sacudieron, en la tarde del miércoles, hora local, la costa central y el norte de Venezuela… El desastre ha dejado un número indeterminado de víctimas que, de momento, el Servicio Geológico de los Estados Unidos (USGS), basado en modelos automáticos, estima que podría oscilar entre los 10.000 y los 100.000 muertos.
Se trataría de los terremotos más fuertes que se han producido en Venezuela desde hace 126 años y el resultado ha sido devastador, con decenas de edificios colapsados, lo que ha provocado la inmediata declaración del estado de emergencia nacional y la puesta en marcha de la ayuda internacional, cuya presencia urge y resulta imprescindible que actúe de forma rápida sobre el terreno, para poder salvar vidas.
A veces estamos tan metidos en nuestras cosas del día a día que, como dijo el poeta, apenas vivimos, y tampoco somos conscientes de que no somos nada y que, en cualquier momento, podemos vernos envueltos en alguna catástrofe que cambie nuestra vida para siempre o que, directamente, la podamos perder sin apenas darnos cuenta.
Como siempre ocurre en estas situaciones, desde el momento en el que sucedió la catástrofe comenzó una carrera contra el tiempo, trabajando sin descanso, para tratar de rescatar a las personas que aún permanecen vivas bajo los escombros. Toda colaboración es poca… Se necesita que militares, bomberos, médicos y personal sanitario, trabajadores de organizaciones no gubernamentales y voluntarios de todo tipo, se desplieguen en las zonas afectadas, para dejarse todas las energías disponibles motivados por la grata sorpresa de que, de cuando en cuando, sigan apareciendo personas con vida entre las ruinas de los edificios destruidos.
No existe aventura más dura y a la que nos aferramos con todas nuestras fuerzas, que la de la vida misma… Malheridos, sin agua y sin comida, y con mucho frío, siempre sorprende la capacidad de supervivencia del ser humano… Es cierto que, a medida que el tiempo pasa, disminuyen las probabilidades de encontrar personas vivas, pero también lo es que, cuando todo parece estar perdido, siempre sigue apareciendo alguien luchando desesperadamente por sobrevivir un poco más.
En esos casos tan extremos, resulta definitivo el mantener hasta el final un mínimo de esperanza… Para los atrapados bajo los escombros resulta definitivo el saber que en la superficie hay gente ayudando y rescatando a los damnificados… La motivación de pensar que pueden ser encontrados y rescatados, y que todavía es posible el reunirse con los seres queridos, saca fuera todas las energías para seguir viviendo a toda costa, no rendirnos y aguantar un poco más… Siempre un poco más.
Desgraciadamente muchos morirán manteniendo su espíritu de supervivencia intacto hasta el final. Pero también otros, para asombro de los equipos de rescate y de toda la especie humana, serán rescatados varias jornadas después de la catástrofe y vivirán para morir otro día.
Lamentablemente la tragedia no acabará ahí… Para los supervivientes comenzará la durísima prueba vital de intentar continuar su difícil camino, habiendo perdido a familiares, amigos, compañeros, sus casas, sus bienes y propiedades, la salud, la esperanza e, incluso, las ganas de vivir… Pero no quedará otra que seguir adelante.
La humanidad se sigue enfrentando a lo mejor y a lo peor de sí misma. Resulta paradójico que mientras el mundo se esfuerza en tratar de ayudar y de salvar la vida a las máximas personas posible en Venezuela, en otras partes del mundo se mantendrá la obstinación en tratar de quitar la vida a quienes se interponen en sus intereses… Es la naturaleza del ser humano.
Nuestra solidaridad con Venezuela y ojalá que les llegue rápido toda la ayuda que necesiten. Ángel Alonso

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